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La manipulación del pueblo

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Es cierto que, en la experiencia de Viktor Frankl, lo que más dolía a los prisioneros de un campo de concentración era el trato sin dignidad. Él recuerda la primera vez que los "bañaron" desnudos, en la falta total de intimidad, y de "dignidad humana". A cincuenta años del fin de la II guerra mundial y la liberación de Auswitz el Rabino Toaff, de la sinagoga de Roma, se preguntaba cómo el Hombre había podido despojar a la persona humana de su dignidad.
 
Una persona tiene dignidad se la reconozcan o no, pero la pregunta del Rabino Toaff, nos debe hacer pensar cómo es posible no ver esa dignidad en cada persona.

El Papa Juan Pablo II nos hace ver en su carta del 8 de mayo de 1995, al cincuentenario de la segunda Guerra Mundial que la violencia de no reconocer la dignidad de una persona engendra que esa persona, después, tampoco reconozca la de otra. Al pueblo alemán le destruyeron su libertad, por medio de la propaganda excesiva y la manipulación de la opinión pública: le impusieron los criterios de la violencia, es decir lo masificaron. Las consecuencias las hemos sufrido todos. La primera violación, dice el Papa, conferida en este caso al pueblo Alemán, fue imponerle los criterios de la destrucción.

La manipulación de la sociedad, o de un sector de ella, es una violencia que golpea nuestra dignidad humana, pero quizá no vemos el continuo menoscabo que “Hoy” poco a poco sufre nuestra dignidad porque nos lo esconden, para nosotros es un misterio cómo se efectúa esa manipulación. No llegamos a ver que nuestro entorno social nos va haciendo rápidamente manipulables.

Por supuesto que nos damos cuenta que en nuestra sociedad hay una falta de exigencia, teléfonos públicos que no sirven, pasos burocráticos absurdos, falta de distribución de alimentos, baches eternos en las calles (cuando hay calles). Es tan relevante que cuando sí hay exigencia, la minoría que la aplica sobresale, y es gente a la que califican como Excelente.  Pero no nos damos cuenta que esta falta de exigencia, esta “mediocridad” es fruto de ser una sociedad que ha sido manipulada.

La impavidez que vivimos, reflejada particularmente en los jóvenes de la infausta Generación “X” cuyo lema es del ídolo Marilyn Manson: “Haz lo que quieras. Destrúyete a ti mismo” o el del ex-líder del grupo Nirvana “Me odio a mí mismo y quiero morir”,  nos ha marcado con el signo “X” que significa falta de identidad. Y es justamente por eso, por no tener identidad,  que nos podemos calificar como “masa”. La falta de identidad nos encierra dentro del  ambiente, sin sobresalir, y peor aún, con miedo a sobresalir. Los que sobresalen son la minoría, gente calificada que busca la excelencia que no se ha dejado manipular.

El filósofo moderno Ortega y Gasset, definía “masa” como la muchedumbre no cualificada o, en su misma corrección, una muchedumbre calificada como tal, exenta de toda exigencia y excelencia. Un grupo de personas amorfo, conformista con lo que se es, que quieren vivir sin esfuerzo siendo, sin más, lo que son. La gran precisión aquí es el estado cualitativo de ser “eso”–y solamente eso. Se opone, pues,  a una concepción cuantitativa a ver a la masa como muchos.

López Quintás contrapone al concepto de “masa” el de “comunidad”. Es decir masa es la muchedumbre amorfa y comunidad  sería la unión de individuos que comparten convicciones éticas e ideales en busca de lo valioso para poder  participar de ello. La comunidad colabora en lo valioso, en lo que puede incrementar la personalidad del hombre. ¡Qué diferente a la falta de identidad! Ejemplos de esta clase de comunidades son asociaciones de personas que generosamente entregan parte de su dinero y de su tiempo en bien de los demás. ¡Buscan lo valioso!

Una de las razones que yo encuentro para que cunda la masificación se encuentra en la profecía de Alexandre Toqueville que escribiera hace más de 100 años: “Si me imaginara con qué nuevos rasgos podría el despotismo implantarse en el mundo –escribía–, vería una inmensa multitud de hombres parecidos, y sin privilegios que los distingan, girando incesantemente en busca de pequeños y vulgares placeres con los que contentan su alma, pero sin moverse de sus sitio. Por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, provisor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar; se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias; ¿no podría librarles por entero de la molestia y el derecho de pensar y del trabajo de vivir?”

¿No nos suena esto parecido, no nos lo han prometido, no lo hemos escuchado, visto o vivido recientemente? Voy a finalizar este artículo de la manera que no me  gusta terminar, es decir, sin haber explicado el porqué y sin proponer algunas soluciones al problema. Lo intentaré hacer en un artículo posterior. Pero es tan grande lo que estamos barajando que antes de bajar a los detalles o explicar sus consecuencias, se debe reflexionar en ellas y eso es lo que espero del lector. Esta claro que el mundo no es un mar de rosas, pero hay que ver si alguien nos impide que sea así.

La manipulación del pueblo II

Me acuerdo muy bien la primera vez que estuve en Nueva York, todos estábamos viendo los espléndidos edificios, las tiendas, los autos... Todas esas maravillas que encierra la capital del mundo y que son dignas de ver y admirar. Sin embargo no veíamos a la gente, ni siquiera hablábamos con ella, y he aquí, curiosamente, que muchas de aquellas personas, para llamar la atención, vestían ropa exótica, peinados extrañísimos, adornos estrambóticos, todo para atraer las miradas. Especialmente recuerdo a una muchacha no mayor de veinticinco años que tenía la mitad del pelo color naranja y la otra verde; vestía una camisa extremadamente corta y sus jeans rasgados; lucía un aro en su nariz y su mirada no turbada se perdía en el horizonte, su boca no mostraba signos de haber sonreído en mucho tiempo. Aparecía como si gritara “mírenme, yo soy más importante que las cosas”.

Indudablemente que la chica es más importante que las cosas pero pareciera que ella misma nos invitara a despreciarla. Ciertamente el ambiente nos invita a valorar los objetos como más preciosos y por esto, quizá, nosotros mismos en cuanto personas, damos señales de “igualdad” con las cosas, competimos con ellas (como la hacía la chica) o juzgamos con un criterio nivelador (ponemos en el mismo plano el cohecho que pagar la multa, es decir es igual “la tranza” que la “responsabilidad”). Vamos con esto, dando señales de nuestra falta de subjetividad es decir,  en vez de actuar como sujetos libres capaces de realizar actos voluntarios, actuamos como objetos, manejados por nuestros instintos, por la moda o por el qué dirán.

¿Quién no ha escuchado de las famosas crisis de identidad a los treintas, o de las fugas de la realidad con la experiencia de la droga, o de casos menos "alarmantes" como el miedo al qué dirán, que nos obliga a seguir la moda? Todo esto refleja la falta de personalidad que nos rodea. Descorazona ver a un alumno, en cualquiera de nuestros institutos educativos, cantar nuestro Himno Nacional en el momento de rendir honores a la bandera.

Lo curioso es que esta falta de personalidad tan marcada en nuestra sociedad viene siendo alentada por corrientes de pensamiento, y puesta en práctica por diversos sectores de las naciones. El Papa Juan Pablo II en su encíclica Centessimus Annus decía: "El individuo hoy día queda sofocado con frecuencia entre los dos polos del Estado y del mercado. En efecto, da la impresión a veces de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del Estado, mientras se olvida que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado ni el Estado".

Nos acercamos claramente a una gradual despersonalización del hombre, desde el momento de la concepción (ya que un feto no se le considera persona humana), hasta el momento de la ancianidad (ya que alguien que sufre sólo puede considerarse persona si deja de vivir). Entonces es cierto lo que dice el Papa, se reduce a las personas a meros objetos. Y esto sucede porque nuestras sociedades son cada vez más individualistas. En los Estados Unidos se han incrementado los estudios sobre el fenómeno del narcisismo, la persona que en su egoísmo no sale de sí mismo. Y en Europa se habla del fenómeno light, el hombre light que es mera apariencia pero de contenido no tiene nada.

La sociedad masificada es individualista, atomista, sectaria, dividida, lo cual la hace pasiva por su falta de estructura y lo que es peor la hace "manipulable". Esto podrá sonar paradójico ¿cómo una sociedad individualista puede ser una sociedad "masificada"? Parecería todo lo contrario, sin embargo, el individualismo es la causa principal de la masificación, ya que es la despersonalización del hombre. Y si se quiere manipular una sociedad se comenzará por dividir a sus miembros.

Monet crearía una escuela de arte donde la yuxtaposición de puntos da forma a sus paisajes y sus figuras. De lejos, sin llegar a ser nítido, se llegan a apreciar esas figuras pero cuando te acercas sólo contemplas un caos. El individualismo masifica la sociedad de la misma manera convirtiéndola en una yuxtaposición tangencial de miembros disímiles entre sí, de lejos podrán dar la impresión de una sociedad organizada pero cuando la vives te das cuenta del caos. Son jóvenes en pugna con sus padres, bandas que luchan por la hegemonía del barrio, son los chidos contra los nerds. Todo esto con una conclusión: no se busca un bien común, sino bienes individuales; que no buscan más que utilizar al otro; que no llevan a la compenetración mutua.

Progresivamente el individualismo destruye nuestra personalidad de la siguiente manera:
a) El buscar sólo un bien individual trae consigo el egoísmo, la envidia, la avaricia, etcétera, que despojan al hombre de su capacidad para transcenderse, para salir de sí mismo. Los seres humanos que por naturaleza somos sociables vemos nuestra capacidad de dar respuesta a los problemas reducida a un simple reaccionar ante los estímulos. El primer daño a nuestra dignidad como personas es el encasillar nuestra inteligencia en nosotros mismos y nuestra voluntad a los bienes inmediatos, no al bien común.

b) Al buscar sólo utilizar al otro se confiere más importancia al tener y no al ser. No nos interesa beneficiar a los demás sino usarlos. Fomentamos la visión hedonista reduciendo a los demás a simples medios, y nosotros mismos somos puro objeto de placer. La vida pierde su sentido ante las dificultades, ante el dolor. Después de dar este paso lo más grande de nuestra personalidad como es nuestra inteligencia va perdiendo la posibilidad de transcenderse y nuestra voluntad pierde su capacidad de amar.

c) Lo más grave de la mentalidad individualista es la incapacidad de compenetrarnos personalmente, es decir, de llegar a verdaderas amistades, de comprometernos hasta la muerte con nuestros cónyuges, de ser auténticos hijos y coherentes padres. Esto hace que nuestra misma personalidad nunca se afiance, dejando un vacío de subjetividad que nos convierte en puro objeto de manipulación. El daño más grande aquí es la despersonalización misma que va impidiendo cualquier relación, incluso con Dios, y termina con la misma persona humana puesto que destruye su libertad y deja sin estructura su inteligencia.

Vemos pues claro que la masificación se confronta con cualquier tipo de sociedad que busque el bien común, que es el bien de las personas que la componen. Este tipo de sociedad es la comunidad. Juan Pablo II nos dice que "para superar la mentalidad individualista, hoy día tan difundida, se requiere un compromiso concreto de solidaridad y caridad", esto es: se requiere una comunidad.

La manipulación del pueblo III
 
El Papa Pío XII en una alocución de 1930 decía que “el objeto que se esconde detrás de toda masificación es el deseo de predominio y hegemonía”. Es obvio que el que quiere mandar necesita el respaldo (o por lo menos el consentimiento) de la opinión pública que, para decirlo con Ortega y Gasset, es la verdadera fuerza de mando, porque ahí radica –como bien hemos aprendido últimamente– la soberanía. Y para controlar –con todo el peso de la palabra– a la opinión pública se necesita manipular a la sociedad, que en términos prácticos se traduce en  masificarla.

¿Cómo se llega a esto? Sin entrar en detalles diremos que se llega quitando en el hombre la capacidad de desarrollarse, y desarrollar especialmente las facultades de inteligencia y voluntad, al desarrollo de estas facultades algunos filósofos lo llaman creatividad. Esto se logra principalmente debilitando la estructura del lenguaje y fomentando el individualismo.

En el artículo anterior hemos señalado como la cultura del individualismo nos va mermando nuestra creatividad, deja sin estructura nuestra inteligencia, ya que no fomenta los lazos para dar mayor jerarquía a una verdad que a otra, y debilita nuestra voluntad, dirigiendo nuestras tendencias hacia lo inmediato cortando nuestro deseo de amar.

Más interesante resulta la manipulación a través del lenguaje, que se da desvirtuando las palabras y dándoles un significado que no tienen. Las propagandas televisivas son grandes ejemplos de esto, productos que llevan treinta años en el mercado (o más) aparecen con la peculiaridad de ser “nuevos”, el aborto se ha convertido en una “elección” (no en un asesinato), y “voto” es el arma que dará de comer a los mexicanos.

La ambigüedad en el hablar es una característica muy común en los gobernantes ya que siempre puede salir un portavoz a aclarar lo que no se entendió, y a ratificar lo que se entendió halagadoramente. El uso de las palabras “claves” desvirtuadas es un común denominador para el que quiere manipular al pueblo. “Libertad” es una palabra que significa lo que cada uno quiera entender. El pobre entenderá ser libre de la pobreza, el prisionero, ser sacado de  prisión, el comerciante, poder adoptar los precios justos, y así sucesivamente. Por eso es bueno prometer la libertad sin definirla. “Cambio” es otra palabra que promete mucho a muchos, siempre que no sea explicitada. Y así se puede hacer una lista inmensa de palabras que sin decir nada, logran lo que al final se quiere: la aprobación de un mayor número de personas.

Sólo hay que recordar que el que así se expresa lo único que quiere es “el deseo de predominio y hegemonía”. Utiliza la misma línea de dividir y seccionar los quereres de las personas en vez de unificarlos. Detrás de la gran diferencia que hay entre quien masifica una sociedad y quien crea una comunidad se encuentra la palabra amor, que, realmente, es lo que permite la unión, que a su vez, permite el desarrollo.

Siendo la comunidad, por definición, la primera interesada en que la persona se desarrolle integralmente es claro que sus integrantes encontrarán allí los medios para lograrlo; primordialmente hallará el amor y el respeto hacia su dignidad, pero no con menos seguridad hallará los medios materiales para salir adelante. Es en las comunidades donde se crean relaciones de amistad, se afianza la personalidad ya que se busca el bien de toda la persona, se forma una jerarquía mental, se da una estructura de valores, en síntesis, se fija una base de criterios para ordenar y juzgar convenientemente (según el ideal, o bien común) la cantidad de información fragmentada que se recibe. Y colocará cada palabra en su justa medida.

Es la comunidad así entendida, por ejemplo, la respuesta al joven individualista de hoy, que recibe todo tipo de información de los medios, de los amigos, de la escuela, de sus padres, etc. ¿Cuánto valor le puede dar a las opiniones que escucha? Tanta variedad de opiniones, tanta información hace que no les dé importancia... es decir ¿cuánto puede valer una noticia sobre la economía nacional cuando al mismo tiempo en el canal de televisión siguiente están trasmitiendo un partido de fútbol? Si para la televisión vale igual la economía que el fútbol ¿cuál debe ser la diferencia para él?

La jerarquía de valores para estructurar las opiniones y darles su justo peso, sólo y únicamente la puede proporcionar el amor, el amor de sus padres, el interés de sus maestros, la amistad de sus cuates, etcétera. Es decir, en el amor de los que quieren nuestro bien, podremos encontrar el bien que nos desarrolle en nuestra dignidad humana, y buscaremos el desarrollo como personas y no objetos de los demás.

El bien de la comunidad en su búsqueda del bien común estimula la creatividad en la creación de organizaciones, en la unión de proyectos, en la vinculación al valor. La comunidad en vez de destruir desarrolla tanto la inteligencia como la voluntad y con ellas la integridad de la persona.
 
Concluyo que la comunidad si es atacada por el estado tiende a masificarse, si en vez se ve apoyada, crece y se desarrolla. Para que este apoyo sea real debe haber   algunos "derechos" que no pueden faltar en ningún proyecto político. En su carta a las familias Juan Pablo II ha hablado de: "el derecho a la vida, al que se integra el derecho del hijo después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad...".  Estos y otros como el derecho a la educación, y que sean los padres quienes elijan el tipo de educación que le quieren dar a sus hijos, y el derecho a la propiedad privada son inalienables de la persona, y solo en un país masificado y manipulado se pueden ignorar con perjuicio de las personas.

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