En un periódico nacional, alguien afirma que hay una “simbiosis de la jerarquía católica con el poder Ejecutivo”, refiriéndose al nuevo Presidente de la República. Dice que estos estrechos vínculos servirán para que el clero busque “regresarnos al siglo XIX”, tratando de “impedir que en México se aprueben leyes que garanticen a las mujeres su derecho a decidir en asuntos que le son propios, o atajar cualquier nuevo intento de legislación que proteja el matrimonio entre personas del mismo sexo”, y que “hará todo lo posible para obtener las reformas que desea en el campo de la libertad religiosa y la educación pública”.



El papa Benedicto XVI tendrá su cuenta en Twitter a partir del próximo lunes, informó ayer la Santa Sede.
Por su parte, el reelegido presidente ha afirmado en su primer discurso tras su reelección que vuelve a la Casa Blanca “más resuelto e inspirado”, al tiempo que ha lanzado un mensaje de esperanza de cara al futuro del país al subrayar que “aunque el camino haya sido duro, aunque el viaje haya sido largo, el país se ha levantado, ha seguido adelante, y sabe que lo mejor está por llegar”.
Me llamó la atención lo que dijo el cardenal de Washington Donald William Wuerl en el reciente Sínodo de Obispos en Roma. Lamentó que, en vez de una nueva confianza en la verdad de nuestro mensaje, en los últimos tiempos “hemos visto esta confianza erosionada y reemplazada por un sistema de valores laicos que se ha impuesto como estilo de vida superior y mejor con respecto al que fue propuesto por Jesús, su Evangelio y su Iglesia… La visión del Evangelio ha sido oscurecida muchas veces… La tentación para el evangelizador, y tal vez también para los pastores, es la de no confrontarnos con estos obstáculos conceptuales y poner su atención y sus energías en unas prioridades más sociológicas”.