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Sostener a la familia en las dificultades

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Se requiere un compromiso pastoral todavía más generoso, inteligente y prudente, según el ejemplo del Buen Pastor, respecto aquellas familias que –a menudo independientemente de la propia voluntad o presionadas por otras exigencias de distinta naturaleza– deben afrontar situaciones objetivamente difíciles […]

Se trata, por ejemplo, de las familias de los emigrantes por motivos de trabajo; las familias de cuantos se ven obligados a largas ausencias, como, por ejemplo, los militares, los navegantes, los itinerantes de todo tipo; las familias de los presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las incompletas o mono parentales; las familias con hijos discapacitados o drogados, las familias de alcoholizados;
 
 
las desarraigadas de su ambiente cultural y social o con riesgo de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que no logran tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren violencia o tratos injustos con motivo de su fe; las compuestas por cónyuges menores; los ancianos, que con frecuencia se ven obligados a vivir solos y sin los medios adecuados de subsistencia.

Otros momentos difíciles, en los cuales la familia necesita la ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores, pueden ser: la adolescencia inquieta, contestadora y a veces tempestuosa de los hijos; su matrimonio, que los separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor de parte de las personas más queridas; el abandono de parte del cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar que mutila y transforma en profundidad el núcleo originario de la familia.

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