Toda nuestra paz en esta vida consiste más en la aceptación del sufrimiento humilde que en dejar de sentir contrariedades. El que sabe mejor padecer tendrá mayor paz.
Cuando las lágrimas son iluminadas por el sol de la fe, se forma en el alma el hermoso arco iris de la paz. El optimismo o pesimismo, la alegría o la tristeza, más que de los acontecimientos buenos o malos, depende del modo de recibirlos.
“Por nada os inquietéis; la paz de Dios guarde vuestros corazones” (Flp 4, 6). La paz imperturbable, aun en medio del sufrimiento, es un gran tesoro; no lo pierdas.
“Procura conservar el corazón en paz; no te desasosiegue ningún suceso de este mundo; mira que todo se ha de acabar” (San Juan de la Cruz).
¿Inquietud?, ¿turbación? ¿por qué? La paz es el fruto del abandono en la voluntad del Señor. Si tú quieres, todo te sucederá a tu gusto. ¿Cómo? Queriendo siempre lo que Dios quiere.
Es de almas grandes permanecer siempre tranquilos, aun en medio de la tempestad. Procura conservar la igualdad de ánimo: ecuanimidad; no dejarte deprimir por la tristeza ni arrebatar por la alegría.
En definitiva, “tu paz la hallarás en la mucha paciencia” (Kempis).
Optimismo cristiano: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom 8, 28).
Si tienes salud, puedes hacer buenas obras; si no la tienes, puedes merecer mucho; si crees que morirás pronto, ¡tanto mejor!; ¡pronto serás inmensamente feliz en el cielo!
No derrames tu dolor hacia la tierra, como el sauce; dirígelo hacia las alturas, como el ciprés.
“Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos” (Flp 4, 4). Sí, siempre, aún en la adversidad.
No hay espectáculo más sublime que el de una boca que sonríe mientras de los ojos brotan lágrimas. Es algo verdaderamente edificante y atrayente. “Cantaré, cantaré constantemente, aunque tenga que sacar mis rosas de entre las espinas; cuanto más largas y punzantes sean éstas, más melodioso será mi canto” (Santa Teresa del Niño Jesús). Conservar el buen humor en medio de las penas y enfermedades es señal de alma recta y buena. Aprende a sonreír para que vea Jesús que no estás enfadado con sus “regalos”. La alegría en el dolor es señal de perfecta resignación.
Que siempre florezca en tus labios la sonrisa y en tu corazón la alegría. Haz frente a la tribulación con buen ánimo: al mal tiempo, buena cara.
“Anímate y alegra tu corazón, y echa lejos de ti la tristeza; porque a muchos mató la tristeza y no hay utilidad en ella” (Ecl 30, 24). “Excepto el pecado, no hay cosa peor que la tristeza” (San Francisco de Sales).
La cruz, para un cristiano, jamás debe ser motivo de tristeza.
Padecer con inalterable paz y alegría es glorificar a Dios, edificar a los hombres y santificarse sin tener que discurrir el modo de lograrlo.
Un requisito indispensable para la paz y alegría: “Ten buena conciencia y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir y muy alegre está en las adversidades. La mala conciencia siempre está con inquietud y temor” (Kempis). GOZO EN EL DOLOR “Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia” (Sant 1, 2). “Así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación” (2 Cor 1, 5).
Sufrimiento no quiere decir tristeza. La resignación cristiana encuentra gozo en el dolor. Es la divina paradoja, la sorpresa del dolor.
“Mi dicha crece en pro-porciones con mi sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en el fondo del cáliz preparado por el Padre celestial! Saboreo, experimento una alegría desconocida: la alegría del dolor. Antes de morir, sueño con ser transformada en Jesús crucificado” (Sor Isabel de la Trinidad).
“Encontré mi felicidad en la tierra; pero únicamente en el sufrimiento, porque he sufrido mucho aquí abajo. He llegado a no poder padecer ya, porque me es dulce todo padecimiento” (Santa Teresa del Niño Jesús).
La felicidad del hombre no consiste en tener bienes temporales en abundancia. ¿Quién es el más feliz? Aquel que puede sufrir alguna cosa por el amor de Dios.
La cruz destila una dulzura sublime que gustarán solamente los que aceptaron sus amarguras. El amor de Dios la hace agradable. La bienaventuranza que prometió Jesús a los que lloran se comienza a disfrutar a veces en esta vida.
Estando bastante enferma la vidente de Lourdes, afirmaba: “Soy más feliz en mi cama, con mi crucifijo, que una reina en su trono”.
“Cuando veas que la aflicción te es dulce y gustosa por Cristo, piensa entonces que te va bien, porque hallaste el paraíso en la tierra” (Kempis).
KEMPIS DEL ENFERMO Tanto más feliz serás cuanto más ames tu cruz, pues en esta vida no hay dicha mayor que la de asemejarse a Jesús cargado con la cruz.
Si no sientes ese gozo de la cruz, acaso será porque aún no aprendiste a llevarla. Pero no te desanimes, también puede ser que Dios quiera que aquí no tengas consuelos para premiarte más en la otra vida. Kempis del Enfermo
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