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Una historia real - El testimonio de Gary Bell

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Se palpa la tristeza en el tono de voz de Gary Bell, a medida que relata la serie de eventos que comenzó a desencadenarse una tarde de verano de 198l cuando al llegar a su casa se encontró a su esposa llorando.
 
Grande fue su sorpresa al contarle ella que se acababa de hacer un aborto.
 
Ocultando el dolor que sintió al enterarse de la muerte de su hijo no nacido, trató de consolar a su esposa. A solas después, lloró por largo rato. No hablaron más del asunto.
 
Él ni siquiera sabía que ella había estado embarazada.
 
 
 
 
 
 
 
Gary trató de olvidarse del aborto. Su esposa comenzó a quejarse de que no la dejaba dormir porque se movía mucho por la noche. El trataba de darle poca importancia al asunto y le decía que estaba preocupado por el trabajo. En realidad lo que pasaba era que tenía pesadillas sobre el aborto. Por mucho que quería no podía olvidar.

Un año más tarde su esposa le volvió a informar que estaba embarazada otra vez. Su alegría se tornó en sufrimiento al decirle ella que iba a volver a abortar. Trató de persuadirla para que no lo hiciera. "Gary, no hay nada que tú puedas hacer para impedirlo", replicó ella. Y así fue, no pudo hacer nada para evitar que su esposa abortara otra vez.
 
"Es imposible describir mis sentimientos. El vacío, la depresión y el dolor a veces es inaguantable, puedo hablar de dolor y agonía, pero estas palabras no se acercan a lo que realmente siento", le dijo Bell a la audiencia que le escuchaba en la charla que pronunció durante el Octavo Congreso de Human Life International, celebrado en Miami en el mes de abril de 1990. "Con el segundo aborto me sentí más responsable porque no pude hacer nada para salvar la vida de la criatura", añadió.

Los efectos de los abortos se empezaron a notar ampliamente en la vida de Gary. No podía hacer bien su trabajo y no se podía relacionar con sus amistades, pues había perdido la capacidad para disfrutar de la vida. También su salud física se afectó, empezó a padecer de presión alta y el estrés le causó una hernia de hiato.

En 1985 la esposa de Bell volvió a concebir y esta vez él logró que no abortara. Nació un hijo que trajo consigo un nuevo mundo de esperanza. "Los lazos de unión que se crearon entre mi hijo y yo fueron profundos", dice el joven padre que había sido cantante profesional. Nunca lo dejaba solo, lo cuidaba cuando dormía, cambió de trabajo para poderlo cuidar de día, lo mecía por largas horas y le cantaba canciones que él mismo componía.

Aunque Bell y su esposa trataron de que su matrimonio siguiera adelante, las heridas y el dolor del pasado no se borraban. "Estoy seguro que la unión con mi hijo se convirtió en un constante recuerdo para mi esposa de lo que ella había hecho", dice Gary. Ella pidió divorciarse, y después de un largo litigio, el Sr. Bell perdió la custodia de su hijo. "Esto me ha sido muy difícil de aceptar", dice. "Los abortos me costaron mi matrimonio, la vida de mis dos hijos por nacer, y la custodia de mi hijo".

Después de pasar más de seis años tratando de olvidar y de ocultar el dolor de los abortos, Gary decidió buscar ayuda. Como no había ningún grupo para hombres, Gary se unió a un grupo de sanación de mujeres que sufren el trauma post aborto. Explica que esto le ayudó a comprender que las mujeres que han abortado son víctimas igual que él. Le ayudó a comprender ciertas actitudes de su esposa, a quien no le guarda rencor. Su participación también ayudó a las mujeres a comprender cómo se sentían sus esposos.

Cuando Bell empezó a hablar en público sobre sus experiencias, pronto se dió cuenta de que no estaba solo. Empezó a recibir cientos de cartas de hombres que estaban sufriendo emocionalmente por los efectos negativos del aborto. Fundó la organización "Dads for Life" (Padres por la vida), para ayudar a los hombres que sufren del síndrome del trauma post aborto. Bell describe los cuatro tipos de cometidos que el hombre puede tener en un aborto: 1) Forzar a la mujer a hacerse el aborto; 2) dejar la decisión enteramente a la mujer; 3) enterarse del aborto después que ha ocurrido sin su consentimiento; 4) oponerse al aborto y tratar de proteger a su hijo por nacer.

Bell explica que todo hombre cuyo hijo ha sido abortado sufre el síndrome post aborto, no importa cual haya sido su papel. Los hombres que han forzado a una mujer a abortar sienten gran culpabilidad después. "Ellos necesitan tanto el perdón como las mujeres que han abortado", afirma Bell.

"Padres por la vida" también aboga por los derechos de los padres a defender a sus hijos por nacer. "En nuestra sociedad los hombres tenemos toda la responsabilidad de criar a nuestros hijos, pero nos han quitado el derecho de protegerlos antes de su nacimiento; esto no puede aceptarse, es una irresponsabilidad social" dice Bell.


Un padre ansía estar con su hijo abortado


"Elegía del padre de un niño abortado"
Yo espero ansiosamente por el lejano día,
en el que mi trabajo terrenal se termine,
y pueda ir hacia Cristo con dolor y alegría,
y rescatar mi niño entre los serafines.
Y llevarlo de pesca por celestiales ríos,
y dar a mi pequeño su tarde de pelota,
y divertirnos juntos, y dejarle que ría,
y quitarme la pena de sus alitas rotas.
Yo nunca pude verlo, porque fué eliminado,
mientras iba escondido en el claustro materno.
Yo nunca ví su rostro, pero lo he adivinado
desde este desamparo de mi dolor paterno.
Se que fuí perdonado por la Gracia Divina,
de ese Cielo tan alto que enfrentaré mañana,
que aborto es la palabra que al oído lastima,
en el odio y veneno de fieras inhumanas.
Para gozar la vida en siniestra ignorancia,
yo devolví el regalo de un angelito alado.
Dolorosa vergüenza fue mi sola ganancia,
¡Perdóname hijo mío!...¡Yo volveré a tu lado!

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